Ostreras, Vigo. Foto: http://www.farodevigo.es/
Esta entrada va dirigida a todos aquellos que
han confundido la acción de catalogar a un individuo como persona non grata con la profesión ejercida por los ostreros y ostreras.
Para sacaros de vuestro error os explicaré el significado de este sustantivo
abstracto con una breve historia. Tras la cual espero nunca caigáis en el mismo
error.
A finales del s. VI a.C. en la antigua Atenas el político Clístenes promulgó una ley que establecía la pena de destierro para aquellos políticos que fueran encontrados culpables de acumular un exceso de poder. Años más tardes, o quizá el mismo día que se promulgó, alguien denominó el castigo como ostracismo, y, hoy en día, su uso [el del término] es aplicable más allá del ámbito político.
Para darle algo de sentido, utilizaré mi recién improvisada metáfora de las ostras (patente en trámite): de alguna manera todos somos ostras.
A finales del s. VI a.C. en la antigua Atenas el político Clístenes promulgó una ley que establecía la pena de destierro para aquellos políticos que fueran encontrados culpables de acumular un exceso de poder. Años más tardes, o quizá el mismo día que se promulgó, alguien denominó el castigo como ostracismo, y, hoy en día, su uso [el del término] es aplicable más allá del ámbito político.
Para darle algo de sentido, utilizaré mi recién improvisada metáfora de las ostras (patente en trámite): de alguna manera todos somos ostras.
Yo sería una brillante y bonita Pteriidae (ostra perlera), Castelinho la más jugosa de las otras españolas del
mercado de A Pedrea, y Trastini una ostra con
barba. Vivimos en un fondo marin que se rige por las leyes bentónicas
que imponen los pulpos. Un día, un
cazador del pantano de los que salen en el programa de la cadena XPlora se
desplazó en su hidrodeslizador hasta un criadero de ostras y rastrilló el fondo
marino (el dragado del fondo marino para recolección de bivalvos está muy
regulado desde 1965 debido a la gran erosión que produce). Al subir el
rastrillo, observó que había quedado atrapada una ostra gorda y subjetiva de
apellido Roncero. El cazador, momentáneamente recolector, activo el 3G en su
smartphone y tras consultar algunos tweets de la ostra, no dudo en devolverla
al mar. Renunció a ella, la rechazó, la declaró ostra non grata, la sentenció al
ostracismo sin consenso alguno (para dicha condena es necesaria una votación
pública, de toda la ciudadanía, o privada, de los miembros con derecho a voto
de la institución de la que se quiere repudiar dicha persona). La desterró
[nunca mejor dicho].
Llegados a este punto en el que espero no
haber generado más dudas aún, toca escribir en el ostracón (trozo de cerámica en forma de concha donde se
escribía el nombre de aquellos ciudadanos que serían desterrados) los nombres
de todos los que no compartáis la entrada.
Yo ostra
