En el
día de ayer mis padres me pidieron que les llevase a varias tiendas de solería para
comparar muestras de losas porque pretenden cerrar el porche; querían además
que yo les ayudase a decidir el losado final. De tres hijos que tienen fueron a
pedirle opinión al más hortera de sus vástagos.
De
camino, mi madre no paraba de repetirme el mal gusto que tenía en mi forma de
vestir, que era una cateto y parecía un barriobajero. Yo le decía que eso era
muy típico de donde llevo cuatro años viviendo: zapatillas Nike de running,
pantalón de chándal de un equipo de fútbol y sudadera con capucha [La
combinación de colores no suele importar]. Ella insistía en sacarme de quicio,
sin importar las consecuencias que eso pudiera tener en mi conducción.
Parados en un semáforo, advertí a mi madre de la presencia de tres imbéciles de unos 15-16 que iban a cruzar el paso de cebra en el que yo estaba parado. El imbécil del medio llevaba consigo un trozo alargado de corcho blanco cogido de cualquier contenedor de basura. En una secuencia casi hipnótica (paso-paso-paso-golpe) intentaba romper aquel pedazo de poliespan impactándolo fuertemente contra su cabeza, sin preocupación alguna por su cabello tintado estilo guepardo. Al quinto intento, quinto desde comencé a contar, lo rompió. Dejando en el asfalto el trozo quebrado, al igual que su inteligencia. Reanudé mi marcha con el verde del semáforo, quedando a mi izquierda los saltos de alegría de aquel imbécil del medio, que vestía parecido a mí, y las caras de asombro de los otros dos de semejante condición.
Hoy 1
de abril, PISA ha hecho pública su evaluación sobre la capacidad de resolución
de problemas de los alumnos de 15 años de los países miembros de la OCDE. El
28% de los estudiantes españoles de 15 años no llega al nivel mínimo en cómo
afrontar un problema; pero partir poliestireno expandido sí que saben.
Pueden no creerme. Para todos vosotros con gusto, Alvaruno.
